Enamorarse de un par de zapatos para
algunas es bastante sencillo. Lo difícil es que sean de tu medida, sobre todo si tu tiempo de
cacería descontrolada se reduce a los finales de temporada.
Y un día de esos en
los que tomaste tu equipo de caza y pesca (tarjeta, cupones y/o algunos billetines),
allí los ves, justito al precio buscado, con ese moñito precioso que corona el
zapato. Y sin dudarlo, casi de manera irracional (después verás que fue muy
irracional), te lo llevas. Un talle menos. Te lo dijo la vendedora. Pero no te
importó, porque esperaste que en el trayecto del negocio a tu casa, tu pie se
encogiera o el zapato se estirara. Porque excusas, sobran: que sin medias, que
la plantilla, que la retención de líquidos, quequequeque... que nada. Te
compraste un zapato hermoso. Y chico.
¿Qué harás? Lo que hacemos todas.
Probarlos en casa y esperar que con el uso se estiren, aunque sea un poquito,
antes de que tus deditos se deformen. Sin
embargo, de antemano, sabes que eso no sucederá ya que no sucedió con el par anterior, cuando imploraste al
borde de las lágrimas, regresar pronto a casa y archivarlos por un tiempo.
No obstante y contra todos los pronósticos, un
día juntas coraje y sales con ellos. Los primeros pasos pensarás que todo anda
bien, que ya tomaron la forma y medida indicada. Durante la travesía,
comenzarás a sentir esa molestia típica, en dedos y talón, y buscando esquivar
una ampolla, te transformarás en un equilibrista en plena acción, al que solo
le falta el paraguas. Compañera, evidentemente,
eso será otro calvario más para tu curriculum. El retorno... no hace falta
describirlo. Quedarás con los pies en agua y sal, con apósitos en por lo menos
cinco dedos y pasearás en ojotas con medias las próximas horas. ¿Insultos?
Joder, ya te los rezaste antes de llegar. Quizás, esta vez sí aprendas.
Así es, las mujeres tenemos título de
grado en calzado, y posgrados en zapatos
lindos, buenos, baratos y chicos. Algunos son elementos de torturas y desearías
regalarlos a tu mejor enemigo. Algo que rara vez harás: obsequiar ese par que
tanto te costó (no en monedas, sino en salud), merece perecer contigo, aunque
sea en el fondo de un cajón.
Chicafrontal.
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