lunes, 21 de octubre de 2013

Relato de chicafrontal

     Enamorarse de un par de zapatos para algunas es bastante sencillo. Lo difícil es que sean  de tu medida, sobre todo si tu tiempo de cacería descontrolada se reduce a los finales de temporada. 
     Y un día de esos en los que tomaste tu equipo de caza y pesca (tarjeta, cupones y/o algunos billetines), allí los ves, justito al precio buscado, con ese moñito precioso que corona el zapato. Y sin dudarlo, casi de manera irracional (después verás que fue muy irracional), te lo llevas. Un talle menos. Te lo dijo la vendedora. Pero no te importó, porque esperaste que en el trayecto del negocio a tu casa, tu pie se encogiera o el zapato se estirara. Porque excusas, sobran: que sin medias, que la plantilla, que la retención de líquidos, quequequeque... que nada. Te compraste un zapato hermoso. Y chico.
     ¿Qué harás? Lo que hacemos todas. Probarlos en casa y esperar que con el uso se estiren, aunque sea un poquito, antes de que  tus deditos se deformen. Sin embargo, de antemano, sabes que eso no sucederá ya que no sucedió  con el par anterior, cuando imploraste al borde de las lágrimas, regresar pronto a casa y archivarlos por un tiempo.
      No obstante y contra todos los pronósticos, un día juntas coraje y sales con ellos. Los primeros pasos pensarás que todo anda bien, que ya tomaron la forma y medida indicada. Durante la travesía, comenzarás a sentir esa molestia típica, en dedos y talón, y buscando esquivar una ampolla, te transformarás en un equilibrista en plena acción, al que solo le falta el paraguas. Compañera,  evidentemente, eso será otro calvario más para tu curriculum. El retorno... no hace falta describirlo. Quedarás con los pies en agua y sal, con apósitos en por lo menos cinco dedos y pasearás en ojotas con medias las próximas horas. ¿Insultos? Joder, ya te los rezaste antes de llegar. Quizás, esta vez sí aprendas.
     Así es, las mujeres tenemos título de grado  en calzado, y posgrados en zapatos lindos, buenos, baratos y chicos. Algunos son elementos de torturas y desearías regalarlos a tu mejor enemigo. Algo que rara vez harás: obsequiar ese par que tanto te costó (no en monedas, sino en salud), merece perecer contigo, aunque sea en el fondo de un cajón.

Chicafrontal. 



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